Desde el pecado original, la humanidad está perfectamente consciente de que perdió su vida al abandonar el huerto de Edén. Incluso los ateos pueden darse cuenta con sus ojos de que la muerte reina absolutamente en todas partes, hasta los detalles más pequeños del mundo creado. Dado que el Señor ha repudiado a Adán y Eva en el mundo visible que conocemos, todos los esfuerzos de la humanidad convergen en un punto específico: vencer a la muerte. Esto nos lo confirma la declaración del Señor mismo, cuando dice: Y dijo Jehová: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. (Génesis 3:22-23)

El principal objetivo de la humanidad es, pues, la aniquilación de la muerte o, al menos, el retraso de su venida. Mientras tanto, el hombre intenta hacer su vida más dulce, más placentera, más animada. Para hacer esto, inventa todo tipo de métodos: reemplaza el trabajo por diversión: música, drogas, orgías, la satisfacción de los deseos psíquicos y carnales.

En resumen, podemos decir que lo que gobierna el mundo es la búsqueda del bienestar psíquico y físico, la longevidad y la reconquista de la vida eterna. En una palabra, la característica más inherente del hombre es la búsqueda de su propia redención.

Nuestra vida en la tierra no es más que un estado de muerte en el que el hombre se exilió por su propia culpa. Por su parte, el Señor ha mostrado un indulto inimaginable. En lugar de ejecutar inmediatamente el juicio que el hombre merecía, es decir, la sentencia de muerte verdadera y definitiva, nos ofreció la oportunidad de redimirnos. No es nuestra tarea de redimirnos, sino al que nos redime por su sacrificio. El Todopoderoso nos ha dado el exilio del huerto de Edén en este estado mixto que llamamos vida en la tierra. Este estado entre la vida y la muerte física incluye la posibilidad de recuperar la salvación de nuestro espíritu al aceptar el único camino posible a la vida eterna, al Edén perdido por la gracia de Cristo. Lo que algunas personas han llamado purgatorio no es otra cosa que nuestra “vida” terrenal.

Se trata de una remontada que el Señor nos ofrece cuando dio a su Hijo para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Del otro lado, la mayoría de la gente acusa el Señor por mostrar una crueldad increible por haber afligido una sentencia tan severa a toda la humanidad por un bocado simple en una “manzana”. Ellos no pueden entender por qué יהוה permite tanto sufrimiento, la injusticia y el crimen. Estas preguntas se formulen tarde o temprano en la conciencia de todos, ya sean creyentes o no.

Pero nos olvidamos de una cosa, la falta cometida por el primer hombre merece la muerte inmediata y la aniquilación inmediata y definitiva. El hecho de que el Señor nos ha concedido una demora antes de la ejecución de la sentencia parece tan natural que hemos olvidado que absolutamente no lo merecemos. Esta gracia divina que sigue y todavía está en vigor, la vemos como algo que se nos debe.

El aliento de la muerte sigue siendo bien perceptible. La presencia de la muerte a menudo se considera no como la consecuencia de nuestro pecado, sino como la de la severidad del Señor. Así, la mayoría de los hombres se apartan de él y siguen sus propios caminos para derrotar a su destino. Para hacer esto, la búsqueda de placer, de hedonismo, de libertinaje y de depravación, así que la medicina y varias curas parecen ser las herramientas más apropiadas. A medida que la palabra de יהוה revela la responsabilidad individual del hombre por su estado mortal, la reacción más común es la rebelión y la elección de buscar una forma más suave y fácil de revitalizarse y hacerse feliz. Eligen la gloria y la redención provisional y efímera de la plata y el oro que recubren sus ídolos en lugar de buscar el poder de la redención de Cristo.

El hombre hace al Todopoderoso responsable de la pérdida de su vida eterna. Se aleja del Señor con ira y amargura para recurrir a las soluciones humanas. Este hombre que inventa innumerables estratagemas y cuyo grado de progreso comienza a alcanzar su culminación, el número más alto que el hombre puede alcanzar, el de tres veces la cifra seis y que está profundamente incompleto.

Podemos observar similitudes en la relación padre-hijo. Recordando nuestra infancia, ¿cuántas veces nos hemos rebelado contra la voluntad de nuestro padre físico y transgredido sus directivas causando mucho daño a nuestro alrededor? Cuando nuestro padre nos reprendió. ¿No estabamos resentidos con él en lugar de asumir nuestras responsabilidades y reconocer nuestra falta? ¿No lo hemos reprochado en nosotros mismos, considerándolo demasiado severo, olvidando que hubiéramos merecido un buen azote u otro castigo que no siempre hemos recibido? Muchas veces hemos escapado al castigo por una variedad de razones. Por lo general, mucho más tarde nos damos cuenta de que nuestro padre tenía razón y que deberíamos haberle agradecido por ser indulgente.

Nuestros recuerdos de la infancia pueden ser de gran ayuda para tomar las decisiones correctas mientras aún estamos vivos. Por ejemplo, la pregunta de qué solución adoptamos para recuperar nuestra vida perdida: la solución humana que termina en la muerte o la de Cristo que nos llega a la vida eterna.

Zeev Shlomo 

14.08.2014

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